Hilando Capital: El trabajo femenino e infantil durante la formación del capitalismo industrial.

Tita Barahona Publicado el 12 Dic 2016

Lo que en Historia se llama Primera Revolución Industrial surgió en Inglaterra durante la segunda mitad del siglo XVIII (1760-1799), se produjo en el ramo del textil, uno de los más importantes en cuanto a número de trabajadores y sobre todo trabajadoras, cuyas operaciones se mantenían a un nivel totalmente artesanal. La incipiente revolución consistió en la introducción de innovaciones técnicas en una fase concreta del proceso de producción, la hilatura -inicialmente del algodón-, que hasta entonces se venía realizando con el huso y la rueca, o también el torno de hilar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 La rueca y el huso, herramienta usada desde el Neolítico hasta la actualidad

 

La fase de hilatura constituía el cuello de botella de la industria textil: era muy exigente en mano de obra (un solo telar para lana, por ejemplo, requería el aporte de entre 10 y 20 hilanderas), consumía un tercio del tiempo total empleado en la fabricación de un paño y era crucial para la calidad final de los tejidos. La hilatura era, además, el oficio que practicaban por excelencia las mujeres y niños de ambos sexos en este sector, tanto para el consumo doméstico como para el mercado. Las primeras máquinas de hilar aumentaron notablemente la productividad de las trabajadoras, pero también su desempleo, lo que mermó los ingresos de sus familias, mientras se inflaba la plusvalía del fabricante que les suministraba la materia prima y comercializaba el producto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Arriba a la izquierda el torno tradicional; abajo “Juanita la hilandera”, que hacía el trabajo de 36 (1770). A la derecha, el bastidor de Arkwright (1769).

 

 Poco después, la “mula” de Crompton multiplicaba la productividad por cien. No obstante, estas primeras máquinas se utilizaron en un principio a nivel doméstico y en pequeñas fábricas.

 

En la segunda mitad del siglo XVIII, el capitalismo no era todavía el modo de producción dominante en Europa occidental, pero sus bases de desarrollo estaban puestas: la expropiación de la tierra al trabajador, la acumulación de riqueza en pocas manos y la miseria de masas eran realidades en progreso, detectables ya desde el siglo XVI, época de la expansión colonial, en la que Marx sitúa el inicio de la “era capitalista”. Fue en el transcurso de esta, algo más de doscientos años, cuando tuvo lugar una “acumulación originaria de capital”, que fue el fermento o, en palabras de Marx, el “fundamento histórico de la producción específicamente capitalista”. Hubo varios factores que facilitaron dicho proceso de acumulación y con él la transición a formas netamente capitalistas de producción. Uno poco reconocido hasta ahora fue la explotación del trabajo de las mujeres y los niños, mayoría de mano de obra en los oficios que inicialmente se mecanizaron.

 

La Primera Revolución Industrial en el último tercio del XVIII marcó un hito en este proceso. Inglaterra fue su avanzadilla, seguida muy pronto por otras regiones centroeuropeas, y con más demora por las del sur. En la península ibérica, sólo Cataluña destacó por su temprana industrialización, mientras en Castilla las manufacturas textiles seguían dependiendo del uso extensivo de mano de obra, más que de innovaciones técnicas y organizativas, lo que no impidió que se generara cierta acumulación de capital por parte de mercaderes-fabricantes y agentes estatales. En lo que sigue analizaré este fenómeno en el contexto de Castilla la Nueva durante la segunda mitad del siglo XVIII (correspondiente a los reinados de Carlos III y Carlos IV). Haré a continuación un esbozo de la evolución del sector textil en la plena industrialización; para concluir con un repaso de la situación presente. Espero que sirva a las/os camaradas para ampliar la perspectiva de la historia de nuestra clase, detectar cambios y continuidades, y reflexionar sobre el papel de la división sexual del trabajo en el surgimiento y desarrollo del capitalismo.

 

Cabe precisar, en primer lugar, que durante la Edad Moderna europea (aproximadamente del siglo XVI al primer tercio del XIX), los tejidos se realizaban de lana, lino, seda, cáñamo y, desde el siglo XVIII, algodón. El esparto, especialmente en la Europa del sur, también se trenzaba para diversas utilidades. Algunos tejidos se hacían con mezclas de varias fibras. Los requerimientos técnicos variaban, por tanto, según la materia prima que se empleara: la preparación de ésta no era igual para el lino o la seda, ni era lo mismo hilar para tejidos bastos o finos. Los más usados en el vestuario de las clases populares eran los de lana, llamados paños, de calidades ordinarias. Tanto estos como algunas de las telas de lujo destinadas a las clases privilegiadas, eran en su mayor parte de fabricación local. En Castilla la Nueva había habido, durante el siglo XVI, una industria textil urbana muy importante, como la de Cuenca de paños y la de Toledo de sedas, que en el XVIII se hallaba en decadencia. Como en otras regiones europeas y peninsulares, la industria urbana generaba una división del trabajo entre el campo y la ciudad, mediante la cual aquél aportaba las materias primas y las primeras elaboraciones -incluido el hilado-, y esta se concentraba en el tejido y los procesos de acabado. Sin embargo, había villas y aldeas donde se realizaba todo el proceso de producción (por ejemplo: Pastrana, Brihuega, Colmenar Viejo, Fuenlabrada, Ajofrín, entre otros). Con la crisis de las industrias urbanas en el siglo XVII, las rurales tomaron nuevo ímpetu.

 

Las manufacturas textiles castellano-manchegas presentaban todavía la coexistencia de unos sistemas de producción de tradición bajo-medieval, especialmente en el medio rural, y otros de corte proto-capitalista. Entre los primeros estaba la industria de base doméstica (domestic industry en inglés, Kaufsystem en alemán), realizada por familias campesinas en combinación con las labores agrícolas. Algunas trabajaban tierras propias o más comúnmente arrendadas, dado que, en el siglo XVIII, en torno al 67 por ciento de estas familias no poseía ni un solo surco (las Órdenes Militares eran aquí las grandes terratenientes). Lo único que les quedaba, pues, era el empleo agrario a jornal, que compaginaban con otras actividades como la arriería, el carboneo y las manufacturas. Por ejemplo, en Herencia (Ciudad Real), las mujeres producían hilados de lana, tintes, ligas, ceñidores y fajas, que, en las temporadas de baja actividad agraria, los hombres comercializaban en los mercados y ferias de otras regiones, trayendo de vuelta otros suministros. El mismo patrón de división del trabajo se observa en Horche (Guadalajara), donde las mujeres producían paños y los cabezas de familia no tenían empleos agrícolas, sino que se dedicaban enteramente al comercio. No obstante, muchas de las familias productoras de la pequeña industria pañera, aunque podían ser propietarias de sus herramientas, no lo eran de la materia prima, la lana, que estaba en manos de mercaderes y acaparadores de quienes la adquirían a crédito.

 

 

 

Este problema con las materias primas lo tenían también las manufacturas domésticas a cargo de familias que tenían en la industria su única o principal actividad. Su producción era de mayor escala, por lo que requerían el concurso de trabajadores asalariados. Las encontramos, por ejemplo, en las comarcas de La Sagra, los Montes de Toledo y La Mancha (Toledo), en pueblos como Ajofrín, Sonseca, Madridejos, Urda, Los Yébenes, Consuegra y, más al norte, Novés, entre otros. En 1750 había en Ajofrín 210 familias tejedoras, cada una con un solo telar, que producían 3.000 piezas de paño anualmente y empleaban a 371 oficiales, 94 aprendices y 1.000 hilanderas, estas últimas en gran parte dispersas por las aldeas de la comarca. En Novés eran 30 familias fabricantes, cuyas redes de trabajo se extendían por 22 localidades, dando ocupación a unas 1.700 personas, la mayoría hilanderas. Este sistema doméstico de mayor escala no sólo abastecía el mercado castellano, sino también los de Andalucía, Extremadura y Galicia. Las familias artesanas eran dueñas de sus medios de trabajo y el producto del mismo, pero no, como dije, de la materia prima, la lana, que se había convertido ya en una mercancía arrancada a los productores directos, que antaño habían dispuesto de ella1. Los cabezas de familia ostentaban el título de maestros tejedores y estaban organizados en gremio. Dentro de sus unidades domésticas, las esposas se encargaban de dirigir la mano de obra contratada, llevar la contabilidad y colaborar en el torno de hilar o el telar; los tejedores se ocupaban también de todo lo relativo a la comercialización de los paños.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Esta es una representación muy típica de la pequeña industria doméstica, donde la mujer hila la lana en el torno y el marido atiende el telar

 

Los textiles fueron desde la Antigüedad parte de lo que la historiadora Maxine Berg llama “tecnologías femeninas”, porque fueron mujeres en su mayoría quienes desarrollaron los saberes y habilidades de esta industria, desde el cultivo y preparación de la materia prima, pasando por la hilatura, el tejido, el tinte... hasta acabar en la confección de la ropa (vestuario, ajuar doméstico y útiles diversos).

 

Y esto todavía se daba en algunos rincones de la península bien avanzado el siglo XVIII. Por ejemplo, en Villaluenga del Rosario (Cádiz), las mujeres tejían jergas, costales y lienzos, que previamente habían cardado, rastrillado, estambrado, hilado y urdido; teñían la lana con palo brasil y otras hierbas locales, tejían mantas para la gente del campo, aparejos de caballerías, costales para grano; teñían lienzos con los que confeccionaban faldas, y con la lana negra de su ganado tejían paños bastos para vestidos del vecindario. Pero lo que predominaba era una industria con una división social del trabajo mucho más compleja y jerarquizada, que estaba escindiendo al productor de sus medios de producción, a la agricultura de la industria, y presentaba ya, especialmente en las ciudades, un alto nivel de especialización y marcada división sexual. Las antaño tecnologías femeninas se transformaron en masculinas. Los hombres monopolizaron los oficios que se consideraron más cualificados, precisamente porque los realizaban ellos (en la pañería: tejido, tundido, tinte, batanado y prensado), mientras a las mujeres se las relegó a los no cualificados (preparación de la materia prima e hilatura, fundamentalmente). Si a lo largo de los siglos modernos a los artesanos, en general, se les fue despojando de sus medios, sus productos y su dominio del arte, estos a su vez despojaron a las mujeres de la propiedad de ese arte2.

 

Los oficios masculinizados se organizaban en gremios, cuyos miembros tenían públicamente reconocida su destreza a través del título de maestros, que les capacitaba para tener tienda abierta, tomar oficiales y enseñar el oficio a otros. Ser cabeza de familia implicaba también ser titular del oficio y de la maestría que conllevaba, en una sociedad feudo-corporativa y patriarcal que se reforzó con la Contrarreforma católica (Concilio de Trento). Desde la segunda mitad del siglo XVI, las ordenanzas de los gremios textiles comenzaron a prohibir el aprendizaje femenino, único canal de instrucción formal que sólo los gremios conferían, lo que suponía cerrar a las artesanas el camino a la maestría, es decir: no sólo al reconocimiento formal de su destreza sino también a la independencia profesional. Esta evolución desventajosa para la parte femenina del mundo del trabajo se observa en todas las regiones de Europa occidental. Aunque siguió habiendo mujeres en los telares, los tintes o los batanes, en general, se las escoró cada vez más hacia los dos extremos de la cadena productiva de la industria textil: por un lado, las primeras fases -preparación de las fibras e hilatura-, por otro las fases de acabado con la confección propiamente dicha y sus complementos -oficios de la aguja, tejidos de encajes, cintas, pasamanos, cordones, etc.-; precisamente los oficios que pasaron a considerarse descualificados y a los que, además, los gobiernos ilustrados despojaron incluso del estatuto de oficio3. Por consiguiente, lo que hallamos en Castilla en la segunda mitad del XVIII es una industria textil con una segregación sexual consolidada, que, al alojar a las mujeres en el sector informal de la industria justificaba el inferior coste de su mano de obra. De ello se beneficiaron sobre todo los sistemas proto-capitalistas que en buena medida fueron auspiciados por el propio Estado.

 

En la era del mercantilismo, la dinastía borbónica (en el trono desde comienzos del XVIII, tras la guerra de Sucesión), favoreció, a través de las subvenciones de la Junta de Comercio, la gestión privada de fábricas centralizadas o, como se llamaban en Francia, “manufacturas reunidas”, porque no eran sino la reunión en un solo edificio de un número de talleres, correspondientes a las distintas fases del proceso de producción, que se organizaban a la manera tradicional bajo la dirección de un maestro. Los fabricantes privilegiados eran burgueses allegados a los círculos del poder, mercaderes acaudalados, compañías comerciales o artesanos altamente cualificados que funcionaban al margen de los gremios. También la Corona estableció sus propias fábricas, que iban dirigidas al consumo de Palacio y las familias nobles. Pero su buque insignia, gran aparato de imagen de la monarquía “ilustrada”, fue la Real Fábrica de paños finos de Guadalajara, fundada en dicha ciudad en 1717. Su objetivo explícito era fomentar la producción nacional para contrarrestar la importación de textiles de calidad. Con el mismo fin operaban otras fábricas centralizadas de gestión privada que se instalaron en Nuevo Baztán (ciudad industrial creada por Juan de Goyeneche), Morata de Tajuña, Vicálvaro, Talavera... El objetivo no se alcanzó, pero por el camino destruyeron las manufacturas domésticas rurales de Castilla la Nueva.

 

Hubo asimismo mercaderes-manufactureros que optaron por la producción dispersa, organizando extensas redes de trabajo domiciliario (putting out system, en inglés, y Verlagssystem en alemán), mediante las cuales suministraba la materia prima a las unidades domésticas del medio rural y urbano para que se las devolvieran transformadas, a cambio de un precio por pieza. Un ejemplo es la manufactura del encaje del Campo de Calatrava en Ciudad Real. Un ejército de mujeres se afanaban con sus palillos para producir un artículo muy demandado por las clases privilegiadas: los encajes (llamados en la época randas, puntas y blondas). Estas artesanas pertenecían a familias jornaleras que redondeaban de esta forma sus ingresos. La materia prima, el hilo, se la proporcionaba el mercader-fabricante, que incluso podía imponerle plazos de entrega. El encaje era -y es- un arte complicado, que requiere inmensa destreza, pero lo ejercen mujeres, usa una herramienta muy sencilla (los palillos o bolillos sobre una almohadilla) y se realiza en el ámbito doméstico. Es por ello que en el siglo XVIII este arte se había transformado en uno de esos oficios que no merecían el nombre de tal, y de ahí que fuese lícito pagar a las encajeras una mísera porción del precio al que se vendía la vara de este producto en los mercados extra-regionales y ultramarinos donde se comercializaba.

 

Las encajeras eran, como las hilanderas, “una masa de trabajo sobre-explotado”, como las define Maxine Berg. En Castilla, el aumento de la producción nacional, que era el objetivo político-económico del Estado absolutista, exigía un incremento exponencial del contingente laboral, ya que la acumulación tenía lugar en un momento en que la parte variable del capital era mayor que la constante. Tanto la industria doméstica de los distritos rurales, como los sistemas proto-capitalistas de manufacturas centralizadas, necesitaban externalizar la mayor parte de la operación del hilado, ya que el número de operarias requerido sobrepasaba la capacidad de un edificio, una unidad doméstica, un vecindario e incluso una comarca, como fue el caso de la Real Fábrica de Guadalajara, que llegó a controlar a las hilanderas de su provincia más las de Madrid, Toledo, Ciudad Real, Cuenca y Soria.