La señora Clinton y su techo de cemento: sobre la incongruencia del discurso liberal y feminista posmoderno

Tita Barahona Publicado el 15 Nov 2016

Desde los años 80, la clase dominante de los países del capitalismo avanzado han puesto mucho empeño en convencernos de que las clases sociales no existen y lo único que hay es una suma de individuos que se diferencian entre sí por su edad, sexo, etnia u orientación sexual. Tal ha sido el empeño, que incluso en los espacios de la izquierda -o la pretendida izquierda- esta ideología liberal ha calado hasta los huesos, y no menos en los movimientos que en su origen se formaron para luchar contra la opresión de las mujeres, las minorías raciales, los homosexuales y transexuales. Este absoluto olvido de lo social, y de los mecanismos que posibilitan la reproducción de las relaciones capitalistas, es lo que genera ese discurso construido sobre falsos argumentos con apariencia de verdad (o sofismas), de que hace gala el feminismo liberal-posmoderno, de marcado carácter burgués, que tiene sus altavoces en los grandes medios de comunicación. Un buen ejemplo es el tratamiento que estos han dado a las recientes elecciones presidenciales norteamericanas y la subsiguiente victoria de Trump frente a Clinton (no por voto popular sino por número de delegados en el Colegio Electoral, que es el órgano que elige al presidente y vicepresidente)1.  

El mensaje difundido es que llamar misógino/a o sexista a cualquiera que se oponga a dar su voto a un candidato mujer es un argumento de peso, por mucho que los motivos de la negativa nada tengan que ver con el sexo de la susodicha. Es decir, el programa político, la trayectoria o los intereses que los candidatos y candidatas representan son aspectos secundarios, porque lo importante es lo que llevan debajo de la ropa interior. En Estados Unidos, donde la clase liberal considera que ser mujer aspirante al poder te convierte automáticamente en feminista, la señora Clinton, como sabemos, no dudó en tachar de misógino a su contrincante en las primarias de su partido por el simple hecho de hacerle sombra a ella. Luego, una vez aupada con trampas a la candidatura oficial, vinieron los verdaderos ataques sexistas de Trump contra ella y otras mujeres, lamentables y despreciables donde los haya, como lo es el personaje en sí. Finalmente, las reacciones e interpretaciones que su inesperada derrota ha provocado entre la progresía global, encorsetadas en los mismos falsos razonamientos, han alcanzado cotas de sinrazón y ridículo insuperables. Es decepcionante que incluso veteranas figuras del feminismo español, como Lidia Falcón, hayan tomado parte en esta especie de “conjura de los necios”.   

Titulaba hace poco doña Lidia desde su rincón del digital Público: “Prefieren un monstruo a una mujer”. Seguro que la monstruosidad de Trump no la achaca a que sea feo, blanco o a que tenga pene, sino a que es un para-fascista que hace alarde de xenofobia y sexismo. Sin embargo, la virtud de la Clinton o la justificación para votarla no la basa en ninguna consideración de tipo ideológico o político, sino en el mero hecho de que es mujer, así de simple y contradictorio. Para doña Lidia, y la cohorte de admiradoras/es de la señora Clinton, los norteamericanos han perdido la ocasión de haber elegido a la primera mujer presidente de la nación, por lo que son culpables de misoginia. Además, según esta línea de opinión, la señora Clinton no es tan mala como la pintan los izquierdistas moscones: está a favor de los derechos reproductivos de las mujeres -aunque no se los garantice a todas- y luchó por implantar la seguridad social -aunque haya sido un suculento negocio para las aseguradoras y un fiasco para los asegurados-. Se olvida doña Lidia que, en la que considera la nación más avanzada (en gasto militar, no hay duda), ya ha habido mujeres en la cumbre del poder: Madeleine Albright fue la primera Secretaria de Estado con Bill Clinton (nombrada en 1997), y Condoleezza Rice, Consejera de Seguridad Nacional de George W. Bush (2000), aupada después a Secretaria de Estado (2004). Aquí es donde debería recordar doña Lidia que los monstruos pueden tener vagina ¿Hace falta desplegar las hojas de servicios de estas damas? A la Albright, ser mujer no le impidió reconocer, sin sonrojo, que el medio millón de niños iraquíes que habían muerto debido a sus sanciones “había merecido la pena”. Debería saber también una señora tan ilustrada como la Falcón, que penes y vaginas pueden tener una cosa en común, que es la que verdaderamente dicta la política: la clase a la que pertenecen sus portadores y los intereses que defienden. En el caso de Clinton y Trump, los mismos. Apoyar a cualquiera de los dos es apuntalar el sistema opresor y explotador en el que vivimos.

Si de lo que se trataba era de aupar a una mujer a la presidencia de los EEUU, no se entiende que la progresía liberal y sus medios de difusión, si en realidad son independientes, no pusiesen atención a otras mujeres que también aspiraban a dicho puesto en las pasadas elecciones. Con programas mucho más sociales y feministas que el de la Clinton, ahí estaban Jill Stein, del Partido Verde, o Gloria La Riva, del Partido Socialismo y Liberación ¿O es que preferimos una monstrua como la Killary a una comunista? También se pregunta una si, en el caso de haber estado la contienda entre Bernie Sanders y Sara Palin, habrían preferido apoyar a la fundamentalista cristiano-sionista, por el hecho de ser mujer, que al socialdemócrata. O si, en España, en vez de Rajoy se hubiese presentado María Dolores de Cospedal, habrían hecho campaña por quien, con vagina y todo, quitó las prestaciones autonómicas que cobraban las viudas con pensiones de misera, nada más tomar el poder en Castilla-La Mancha ¿Cómo habrían justificado no votarla a ella? ¿Sacando del trastero los argumentos de la abuela? Las contradicciones del feminismo liberal-posmoderno, al que se adhieren los partidos ciudadanistas como Podemos, tienen un diámetro mayor que el cráter del Gorongoro, y no da para un artículo recorrerlas todas.

No puede ser -se queja doña Lidia- que sólo el 9 por ciento de los presidentes del mundo sean mujeres; pero puede serlo que la mayoría de las unas hagan la misma política que la mayoría de los otros; porque lo importante es que las mujeres estemos en todas partes, pero sobre todo en aquellas partes donde sólo unas pocas -y unos pocos- pueden llegar a estar. De ahí que la máxima preocupación de las/los portavoces de la progresía liberal-posmoderna sean los porcentajes de mujeres en los consejos de administración de las empresas, los parlamentos y el gobierno, y la implantación de “cuotas” para que la representación femenina sea paritaria. Recientemente se echaban las manos a la cabeza  porque la Cospedal y compañía decían no estar a favor de las cuotas recurriendo al manido y falaz argumento liberal del mérito personal. Desde luego, son unas cínicas. Ellas no han llegado a los puestos que ocupan por méritos propios, que son bien escasos, como los de sus colegas masculinos. Es más, se han aprovechado de la lucha feminista de otras mujeres para poder optar a los mismos puestos que sus padres o maridos, ya que, de otro modo, estarían aún de señoras de..., dando órdenes a las criadas y organizando el ropero de los pobres. Pero las cuotas, objetivamente, sólo benefician a estas mujeres de la burguesía y a las aspirantes de la clase media, no a la mayoría de la población femenina, compuesta de amas de casa, trabajadoras autónomas, asalariadas o desempleadas. Aquí, en este ancho y silenciado mundo del empleo eventual, las pensiones de miseria, el servicio doméstico, el paro, etc., las mujeres cumplimos con creces las cuotas. Pero a las y los feministas liberales esto trae al fresco. La que llaman “igualdad de género” se queda ahí, en la igualdad dentro de su clase; sin embargo, tratan de convencernos de que, si las dejamos pilotar la nave del capitalismo, nos irá mejor a todas. Por supuesto, pueden pilotar lo que quieran, pero eso no las convierte en nuestras hermanas.  

Algunas opinadoras y opinadores no han negado que la Clinton merezca el sobrenombre de Killary; pero, con todo -suspiran-, hacía un “mal menor” tan apetecible al lado de ese monstruo de gelatina con cucurucho del KKK que le tocó -o le pusieron- de oponente... Qué pena, resumía otra comentarista, que su techo de cristal se haya transformado en techo de cemento. La culpa, según los preclaros analistas de nuestra izquierda liberal, la tiene el populismo de Trump, que ha sabido resucitar al racista y al misógino que anida en lo más bajo de la clase obrera blanca -esta vez sí parece que toca hablar de clase-. Aparte de que Trump también ha obtenido un alto porcentaje de votos entre los millonarios y quienes ganan 50.000 dólares al año o más (el voto republicano de siempre), una parte de los 7 millones de papeletas que los demócratas han perdido respecto a los comicios anteriores (la mayoría entre la clase trabajadora), se han ido a Trump, se han quedado en casa o han optado por terceros partidos. Y ese cambio de voto entre la clase obrera que ayer votaba a Obama y hoy lo ha hecho por Trump no se debe tanto a un sentimiento de supremacismo blanco (que, por otro lado, es un rasgo estructural del Estado norteamericano), como a que, mientras la Clinton se dirigía a las mujeres, las minorías raciales o los LGTB's, Trump apeló directamente a la clase obrera norteamericana -blanca, porque sabía que el voto negro no lo obtendría-, y a los graves problemas que la aquejan, tanto a hombres como a mujeres. De hecho, del 25 por ciento de electoras que han votado, algo más de la mitad lo han hecho por Trump (el 45 por ciento entre las universitarias), lo que debería hacernos reflexionar si se trata sólo de misoginia y racismo -concediendo que algo de esto pueda haber en algunas- o de algo más que tiene que ver con la política y la situación socio-económica lamentable que vive el país, tras dos mandatos del atractivo y progresista Obama.

El techo de cemento de Killary consiste en que la mayoría de la clase trabajadora la detesta, no por ser mujer, sino porque es la representante del establishment del partido demócrata, compañero de cama de Wall Street y de las corporaciones petroleras, armamentísticas, farmacéuticas, inmobiliarias, aseguradoras..., al igual que sus colegas republicanos. Su marido acabó de derribar el mini-estado del bienestar, sacó adelante el tratado NAFTA, que hizo polvo a las clases trabajadoras de EE.UU y México, reforzó el encarcelamiento masivo de trabajadores pobres, sobre todo negros, que es de lo que está repleta la mayor prisión del mundo. Tras la crisis de 2008, la señora Clinton (como senadora y como Secretaria de Estado con Obama) ha seguido apoyando el desahucio de millones de familias, el endeudamiento de por vida de los estudiantes universitarios, la privatización de la escuela pública, la rebaja de los salarios, la impunidad de la brutalidad policial o el nulo apoyo a las víctimas de desastres provocados, como el envenenamiento del agua potable de Flint (Michigan) ¿Sorprende que en esta ciudad y la vecina Detroit, de mayoría negra, el voto demócrata se haya quedado en casa?  

Es muy posible que Trump siga machacando a la clase trabajadora de su país -y probablemente con más saña a las mujeres y las minorías raciales-, como lo han hecho Clinton y Obama, ya que ambos representan y defienden los mismos intereses, los del capital. Este es el verdadero monstruo. Sin la perspectiva de clase, el feminismo no puede ser un instrumento de transformación social. Sólo el reconocimiento de que la estructura de clases permite la reproducción de la opresión y la explotación de la mayoría de las mujeres, nos capacita para acometer de una manera eficaz la tarea de acabar contra nuestra opresión específica, que el capitalismo tan bien sabe aprovechar. Por tanto, es nuestro deber poner en evidencia los falsos argumentos de que se vale el feminismo liberal para hacernos comulgar con la rueda de molino de que los intereses de unas pocas son los de todas.


1 De entrada, debemos tener en cuenta algo que sistemática e interesadamente se pasa por alto en los medios: sólo ha votado en torno al 57 por ciento del electorado, algo usual en EE.UU, donde la participación electoral es una de las más bajas de los países llamados democráticos.


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