8 DE MARZO: DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER TRABAJADORA



8 DE MARZO: DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER TRABAJADORA.

 

Un día que no podemos dejar que nos roben

 

En la página web de la Coordinadora Feminista (Federación Estatal de organizaciones feministas del Estado español) se dice que el 8 de marzo se celebra en todo el mundo en conmemoración de las obreras huelguistas de la fábrica Cotton de Nueva York, que en 1908 murieron abrasadas porque el empresario prendió fuego al local.

 

Esto es una verdad a medias -que a menudo equivale a una mentira. Si el 8 de Marzo es una celebración mundial se debe a que, en 1910, durante la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, asociada a la II Internacional, Clara Zetkin y Käte Duncker, dos comunistas, propusieron declarar un día fijo al año que conmemorase la lucha de esas obreras estadounidenses y las de todos los países que, en aquellos años, libraban una lucha sin cuartel por la mejora de sus condiciones de vida y trabajo. Una propuesta que fue aprobada por las asistentes.

 

La ocultación de la raíz obrera y socialista del 8 de Marzo no puede sorprender si tenemos en cuenta que el liderazgo del movimiento feminista hegemónico en la actualidad -en España y en otras partes- lo ostenta una clase social diferente, compuesta de académicas, políticas y profesionales de alto nivel. Y si tenemos en cuenta, además, que la referida clase, en su mayor parte, ha adoptado la ideología posmoderna como eje teórico, que es ciega a las clases sociales y sólo ve individuos clasificados por sexo/género, raza, orientación sexual y otras características personales.

 

Cuando esta ideología despegó, coincidiendo no casualmente con el nuevo ciclo de acumulación capitalista abierto en la década de 1970 -con sus des-regulaciones, des-localizaciones, privatizaciones...- vimos cómo la ONU blanqueaba los orígenes obreros del 8 de Marzo al declararlo Día Internacional de la Mujer. A la Trabajadora la descabalgaban.

 

A partir de entonces, hemos asistido a un proceso de usurpación o cooptación de los elementos que definen la tradición de lucha y organización de la clase trabajadora mundial. Como ejemplo sólo citaremos que, en España -pero también en otros países- la palabra socialismo (incluso el himno La Internacional) se la apropió una socialdemocracia que, convertida a la fe liberal y, por tanto, sin ningún interés en superar el marco del capitalismo, se presentaba como la “izquierda”.

 

La política de esta izquierda es mantener el conflicto capital-trabajo en los estrechos límites del sindicalismo de concertación y apartar del marco de la lucha de clases toda la actividad laboral relacionada con la reproducción social (trabajo doméstico, ayuda a domicilio, sanidad, educación…), como puede verse en los “Argumentarios” de la llamada Comisión 8M, de la que hablaremos después. De este modo, fragmenta a la clase trabajadora, impidiendo que actúe unitaria y autónomamente, haciéndola dependiente del partido social-liberal de turno y de las instituciones del Estado, para arrancar cualquier tipo de mejora en las condiciones de vida.

 

Producto de esa “izquierda” social-liberal posmoderna y reformista es la llamada “política de las identidades”, que no se dirige, por tanto, al conjunto -o a los sectores más desfavorecidos- de los trabajadores y trabajadoras, sino a las mujeres, a los homosexuales, a las minorías raciales, a las personas trans, etc., ocultando que dentro de cada uno de esos grupos hay, en efecto, explotadores y explotados, opresores y oprimidos. No sólo atomiza estas “identidades”, sino que, además, crea divisiones y antagonismos entre ellas: blancas contra las “de color”, homosexuales contra heterosexuales, mujeres contra hombres, trans contra no trans...

 

Esta política, en los países anglófonos, la llevan aplicando los partidos de “izquierdas”, allí llamados “liberales” o “progresistas”, durante las últimas décadas. Pero no solamente no han acabado con las discriminaciones raza, sexo, etc., -sobre todo si miramos a la base social- , sino que también están poniendo a amplios sectores de esa clase trabajadora ninguneada en manos de la derecha y la extrema derecha que, de forma oportunista, sí la apela. Aquí, sin embargo, los partidos “progresistas” de las “identidades”, las “diversidades” y la “inclusividad” no parecen estar tomando nota. No les interesa.

 

A esta política reformista-posmoderna de lo “políticamente correcto” le es muy funcional el feminismo que hoy es hegemónico en casi todas partes, cuyos hilos mueven las elites político-académicas, muy bien situadas en lo material y que tienen a su disposición a los grandes consorcios mediáticos. En el Estado español fue esta elite, a través de la Comisión 8M, la que, en otro movimiento de usurpación de la tradición obrera, convocó las Huelgas de Mujeres o Huelgas Feministas de los dos años pasados, con sus “piquetes no mixtos”. Una huelga “laboral, de consumo y de cuidados”, que no tuvo en absoluto el éxito que se le atribuyó (otra cosa fueron las manifestaciones), pero resultó ser la más mediática y alabada de la historia (rompiendo con ello la tradición de silenciamiento o denigración con que los medios del capital tratan las huelgas reales de hombres y mujeres cuando estas se producen).

 

 

 

Hoy, en España, la Comisión 8M está en el gobierno, ya que buena parte de sus dirigentes pertenecen al partido Unidas Podemos, que, por fin “asaltó el cielo” de las instituciones. La titular del Ministerio de Igualdad, Irene Montero, en otro acto de usurpación, citó en su discurso de toma de posesión a Rosa Luxemburgo. La comunista polaca, asesinada hace 101 años por los reformistas social-demócratas alemanes, a buen seguro habría escupido sobre los que hoy son sus herederos.

 

En la línea de la política reformista social-liberal, de tintes posmodernos, el programa del Ministerio de Igualdad está lleno de palabras biensonantes pero huecas. Por ejemplo, esas “políticas de supervivencia, destinadas a garantizar vidas dignas de ser vividas para las mujeres”, o esas “políticas de redistribución e igualdad, centradas en el replanteamiento de las relaciones económicas y sociales en materia tanto de trabajo como de usos del tiempo y corresponsabilidad”, son auténticas quimeras en el marco del modo de producción capitalista, y, sobre todo, cuando de entrada el nuevo gobierno ya ha dicho que no se van a derogar las últimas reformas laborales (promesa electoral incumplida). 1

 

Y, por supuesto, en el programa del Ministerio de Igualdad-Comisión 8M no faltan las “políticas de cuidado de la diversidad (sic), que pretenden combatir cualquier forma de discriminación que afecte a las personas tanto por su orientación, identidad o expresión de género, como por su origen étnico-racial”. Medidas cosméticas a base de leyes -como la de violencia sexual ya en trámite-, que no tocan la raíz de las discriminaciones, como tampoco las proyectadas asignaturas de “educación afectivo-sexual”, en un mundo donde el sexo es una industria multimillonaria que no tiene intención de dejar de utilizar a las mujeres como meras mercancías y objetos de violencia. Veremos si la otra promesa -ya de larga tradición-, la equiparación de derechos para las trabajadoras domésticas, logra abrirse camino.

 

A la señora Montero y su equipo de “diversidades” le aconsejamos que, si, como dicen, van a luchar contra la trata de mujeres y la violencia sexual, comiencen por exigir responsabilidades por los abusos sexuales de que son objeto las jóvenes que están en centros de acogida, tuteladas por el Estado, como los denunciados recientemente en Mallorca, cuyo gobierno actual, en manos del PSOE y Podemos, se ha negado a investigar.2 O, si quieren garantizar los derechos reproductivos para TODAS las mujeres, comiencen por derogar el protocolo vigente para la interrupción del embarazo, que a las trabajadoras les supone un auténtico calvario, como una de ellas relataba recientemente.3

 

En este año 2020, la fiesta del 8M (reducida ya a una mera sigla) es oficial. Y, si en 1975 la ONU descabalgó a la Trabajadora de este Día, ahora puede ir la Mujer preparándose a bajar del podio también, porque en la Comisión 8M va cobrando cada vez más fuerza el lobby queer, de bastante influencia en el movimiento trans. Decimos lobby, sí, porque se trata de un grupo de presión poderoso, bien situado social, política y económicamente, cuyos medios y objetivos nos consta que incluso muchas personas trans no comparten. En Estados Unidos, el presidenciable demócrata John Biden ha dicho en su Twitter: “Seamos claros: la igualdad transgénero es el tema de derechos civiles de nuestro tiempo”. El colectivo trans debería preocuparse, porque ya sabemos lo que hicieron con los afroamericanos cuando fue la raza la que asumieron como tema de derechos civiles.

 

A este grupo de elite queer le molesta la palabra “mujer” e intentan imponer su particular neolenguaje en el que ya no hay varones y mujeres sino “personas con vagina”, “personas con pene”, “cuerpos gestantes”, “personas cis-género”, “personas trans-género”, “personas no binarias”, etc. Por eso, la “Cadena Feminista” que la Comisión 8M de Madrid realizó el 8 de febrero pasado convocaba, entre otras cosas, para protestar por la violencia que se ejerce contra los “cuerpos feminizados”, y para “visibilizar” las propuestas para combatir el “cisheteropatriarcado”. Como vemos, al patriarcado le van creciendo cada vez más prefijos.

 

No sorprende que este feminismo low-cost,4 que, además, se está utilizando como estrategia en los intentos de golpes de Estado en países no amigos de EEUU y la OTAN, lo compren banqueras como Ana Patricia Botín; o que el derechista Partido Popular haya anunciado que se unirá a la manifestación de este año. La única coherente en sus filas es la marquesa Cayetana Álvarez de Toledo, que ha manifestado que no acudirá. Para esta ultraliberal, asidua a los encuentros internacionales de los think tanks de extrema derecha, el machismo no existe. Se ve que nunca lo ha sufrido en sus carnes o, si lo ha sufrido, lo asume; porque sabe que la opresión de las mujeres -especialmente de las trabajadoras, que somos la mayoría-, le es muy funcional al capitalismo para seguir extrayendo plusvalías.

 

No las queremos en nuestra conmemoración del 8 de Marzo. No queremos a las explotadoras, a las empresarias, banqueras y ese cuerpo de académicas y profesionales paniaguadas que son el sostén de la clase burguesa. Las trabajadoras -empleadas o paradas, amas de casa, blancas, negras, lesbianas, heterosexuales, trans o no trans- tenemos vivencias e intereses comunes porque somos víctimas de la misma explotación y opresión. Si estas tienen efectos más perniciosos para determinados colectivos, como el de las inmigrantes, las ancianas o las trans, es porque el propio capitalismo los genera para dividirnos y sacar mayor rendimiento a la explotación del trabajo.

 

Lo hemos dicho en otras ocasiones: la emancipación de las mujeres está íntimamente ligada a la emancipación del trabajo, que sólo es posible si superamos el marco del modo capitalista de producción y avanzamos hacia el socialismo. Sólo en la lucha junto a nuestros compañeros lograremos este objetivo, lo cual no obsta para que, dentro de nuestra clase, trabajemos por acabar con toda forma de discriminación por sexo, raza u orientación sexual. Luchemos por volver a hacer del 8 de Marzo el Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

 

ÁREA DE FEMINISMO DEL ESPACIO DE ENCUENTRO COMUNISTA (EEC)

 

Marzo de 2020

 


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