Buscando revolucionarios para el siglo XXI, parte 2



(Viene de parte 1)

Capitalismo: el mundo en el que vivimos...

 

¿El mejor de los mundos posibles?

En todos los países del mundo, una pequeña minoría privilegiada se permite el lujo de vivir sin trabajar gracias a los ingresos que percibe de un capital invertido en la economía. La gran mayoría está en la obligación de trabajar para vivir... o, en el caso de muchos, para sobrevivir. Pues, en cualquier país del mundo, ¿cuántos están sin trabajo? ¿cuántos no tienen ni para alquilar una vivienda decente? Y no hablemos de los países en los que hasta los niños tienen que trabajar para seguir adelante... ¡cuántos no se mueren de hambre!

¿Situaciones extremas? Pero no aisladas, y que demuestran, en todo caso, una enorme disparidad entre una minoría parásita y la mayoría trabajadora. Sin embargo, a pesar de esta realidad de sobra conocida, pocos se percatan de la relación que existe entre la riqueza de unos pocos y la pobreza de muchos otros. Pero, si unos cuantos se llevan la mayor parte del pastel, ¿no queda menos para los demás?

 

Abrir los ojos

La cantidad, la gravedad y la extensión de los problemas que padece la humanidad, así como la incapacidad crónica de todos los gobiernos para solucionarlos, pueden inducirnos a pensar que su solución está fuera de alcance y que, por lo tanto, no se puede hacer nada contra ese estado de cosas. ¡Y tendríamos razón! Pues es verdad que no hay solución a los problemas sociales... en el marco del sistema capitalista, que es quien los genera.

Por su parte, por más que los beneficiarios y partidarios de este sistema intenten hacernos creer - a partir del fracaso de los experimentos “socialistas” y de razonamientos eternamente contradichos por la realidad - que vivimos en el “mejor de los mundos”, el hecho es que el sistema capitalista jamás ha sido capaz de proporcionar bienestar y tranquilidad a la humanidad.

La crítica del sistema capitalista - su organización, sus características, sus problemas - es una de las bases de la doctrina socialista. Uno de los primeros en indignarse contra los males producidos por la revolución industrial fue el economista suizo Charles Léonard Sismonde de Sismondi (1773-1812), consternado por los efectos de la naciente industria capitalista sobre las condiciones de vida de una nueva categoría social, el “proletariado”, es decir, los “hombres que no tienen propiedad”. Sismondi, que no era socialista, se alzó contra la doctrina del laissez-faíre predicada por Adam Smith y los economistas liberales. Tras sus huellas, y a menudo inspirados por él, siguieron numerosos otros críticos de la nueva sociedad, entre los cuales destacó Karl Marx.

 

La propiedad privada: fuente de todos los males

El carácter recurrente, pero también planetario, de los problemas sociales pone de manifiesto el hecho de que forman parte integrante del sistema social que existe en todo el mundo - el capitalismo - y que, por esa razón es imposible, y por lo tanto inútil, intentar encontrarles una solución en el marco de este sistema. En efecto, la base del sistema capitalista es el monopolio ejercido por una capa muy minoritaria de la población (los poseedores de capitales o clase capitalista) sobre los recursos naturales del planeta así como sobre los medios de producción y de distribución de las riquezas sociales, es decir sobre los medios de existencia de la sociedad.

Ese monopolio puede ejercerse de distintas formas: bien directamente por unos individuos, bien indirectamente por asociaciones de individuos en el marco de sociedades anónimas (gracias a la posesión de títulos de propiedad), o a través del Estado (en virtud del control ejercido por esa minoría sobre las instituciones estatales, como en el caso de la Unión Soviética o de la China actual). Hablamos en ese caso de capitalismo de Estado (el monopolio del poder político y económico ejercido por la burocracia dirigente hace, en este caso, superflua la posesión de títulos de propiedad).

 

Consecuencias de la propiedad privada

Esa apropiación de los medios de existencia de la sociedad por una pequeña minoría tiene como consecuencias: 1) en el plano económico: la producción de bienes y servicios cuyo objeto es la venta en el mercado a fin de realizar un provecho monetario, y no la satisfacción de las necesidades individuales y colectivas de la población, o, dicho de otro modo, la satisfacción de las únicas necesidades rentables (es esta constante búsqueda del provecho la que explica por qué se llega a producir comida que puede llegar a ser peligrosa para la salud; por qué los laboratorios farmacéuticos no investigan enfermedades tales como el paludismo, cuyo mercado - el tercer mundo, en este caso - no es “solvente”; por qué muchas personas duermen en la calle al pie de viviendas vacías; por qué se destruyen cada año en los países desarrollados toneladas de comida mientras que, en los países pobres, millones de seres humanos mueren de hambre, etc.); y 2) en el plano social: la división de la sociedad en dos clases sociales principales con intereses económicos antagónicos, por un lado, la clase capitalista, que posee y/o controla los medios de producción y, por otro, la clase trabajadora - la inmensa mayoría de la población -, dueña de sus capacidades intelectuales y físicas (su fuerza de trabajo) y obligada a trabajar para la primera a cambio de un salario.

Por consiguiente, en el sistema capitalista, las riquezas son producidas por los asalariados, desposeídos de los medios de producción, para ser vendidas con el fin de realizar un provecho destinado a los que no trabajan - los capitalistas - en virtud del derecho de propiedad de estos últimos sobre los medios de producción. En otros términos, una minoría privilegiada vive sin trabajar y se enriquece a costa del trabajo de la mayoría asalariada. Resulta de esta división de la sociedad en clases antagónicas una lucha de clases inevitable por una parte más importante de las riquezas producidas (unos salarios más altos para unos, unos beneficios más importantes para otros), una lucha de clases que durará lo que dure el capitalismo, responsable de esa división social.

 

 

Reformismo: ¿"humanizar" el capitalismo?

 

Orígenes del reformismo

Desde hace más de dos siglos, los revolucionarios denuncian la propiedad privada capitalista como la razón por la cual, al dividir el sistema capitalista en dos clases sociales cuyos intereses económicos son antagónicos, dicho sistema no puede ser reformado en el interés de la mayoría de la población. Desde luego, ¿cómo se puede reformar la propiedad privada en el interés general? Sin embargo, a pesar de esta evidencia, algunos socialistas, cada vez más numerosos, en el siglo XIX van a intentar satisfacer dos aspiraciones entonces ampliamente difundidas en la clase trabajadora: 1) instaurar “gradualmente”, por reformas sucesivas, el socialismo; y 2) “mientras tanto”, mejorar “inmediatamente” la suerte de los trabajadores (que, a decir verdad, tienen mucha necesidad de ello) a través de la legislación apropiada.

Los reformistas, considerando al socialismo como un objetivo a largo plazo (y lo que queda, mientras los asalariados “acepten”, o al menos toleren, el capitalismo), estimaban que las deplorables condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera de la época (jornadas de trabajo interminables y agotadoras, protección social inexistente, viviendas inadaptadas e insalubres, etc.) justificaban la toma de medidas inmediatas destinadas a atenuar esos problemas.

Esa actitud era comprensible, pues respondía al deseo legítimo y sincero de “hacer algo ahora” a fin de aliviar los sufrimientos de las víctimas del sistema capitalista. Era también el reflejo de la inexperiencia de los obreros y de sus representantes, en una época en que el poder político era monopolizado por una burguesía indiferente a esos problemas (aun cuando ciertos gobiernos conservadores - el de Bismarck en Alemania, por ejemplo -, ansiosos de protegerse contra los avances de las ideas socialistas y, de ese modo, alejar el fantasma de la revolución social, habían entendido lo beneficioso que resultaba introducir medidas favorables a los trabajadores).

Pero, por comprensible y estimable que fuera la posición de los reformistas, ésta desembocó inevitablemente en un callejón sin salida. Pues las reformas, al ser disposiciones legales que deben ser votadas en el Parlamento, requieren unos partidos políticos reformistas cuya actividad queda orientada hacia el logro de esas medidas... en detrimento de la actividad a favor del establecimiento del socialismo que, postergado, acabará por desaparecer completamente del horizonte de esos partidos reformistas.

 

Balance del reformismo

El establecimiento “gradual” del socialismo es, evidentemente, un rotundo fracaso. Pues ha habido gobiernos “socialistas” en la casi totalidad de los países capitalistas (con la notable excepción de los Estados Unidos) a lo largo del siglo XX sin que la sociedad se haya acercado un ápice al socialismo. La razón es que existe una diferencia abismal de naturaleza entre el capitalismo y el socialismo: el primero está basado en la propiedad privada, el segundo en la propiedad social. Puesto que las reformas no tocan jamás la institución de la propiedad privada, el capitalismo no puede ser reformado - transformado - progresivamente en socialismo. El primero debe ser sustituido por el segundo.

Pero no sólo está el capitalismo vivito y coleando, sino que además sale fortalecido por la capitulación de los reformistas, ya que, al acabar aceptando el capitalismo, han abandonado la perspectiva socialista que se fijaron en un principio. En efecto, hoy en día ¿qué partido “socialista”, o que miembro o simpatizante, cuestiona la existencia de la propiedad privada de los medios de existencia de la sociedad, los privilegios de la minoría dominante y la lógica del provecho individual? ¿Cuál de ellos piensa seriamente en el establecimiento del socialismo como única solución factible y duradera a los problemas de la sociedad actual?

En cuanto a la mejora “inmediata” de la suerte de los trabajadores asalariados, ésta fue, es verdad, con el “Estado Providencia”, uno de los grandes logros del reformismo. La Seguridad Social, las pensiones de jubilación o de desempleo, las vacaciones pagadas, etc., son reformas que han mejorado en gran medida la situación de los trabajadores... aunque que cabe señalar que la Seguridad Social fue introducida en varios países europeos después de la Segunda Guerra Mundial, no por gobiernos “socialistas”, sino por gobiernos capitalistas (como el del general de Gaulle en Francia), que querían de ese modo contrarrestar la influencia del comunismo y el peligro que representaba la Unión Soviética.

Pero los avances de la primera mitad del siglo XX forman ya parte de una época pasada. Desde la crisis mundial de los años 1970, que puso brutalmente fin a la prosperidad económica de posguerra, ninguna mejora significativa, en ningún área importante para los trabajadores y sus familias (salud, protección social, vivienda, educación, etc.), ha sido introducida. Peor aún, desde esa época, las conquistas sociales de la clase trabajadora - sus “privilegios” - no han dejado de ser blanco de los gobiernos más variopintos.

Si algunas reformas pudieron mejorar las condiciones de vida de los asalariados y de sus familias, ninguna pudo solucionar de forma definitiva sus problemas, pues dejaban intacta la propiedad privada capitalista y, por lo tanto, la influencia política y el poder económico de la minoría poseedora. El periodo de treinta años de prosperidad de posguerra (que tampoco fueron prósperos para todos) es un paréntesis definitivamente cerrado. La burguesía está ahora en posición de fuerza, y la aprovecha para arremeter contra las conquistas sociales de la clase trabajadora... con el fin, claro está, de preservar la competitividad de “nuestras” empresas.

 

¿Utopía reformista o perspectiva socialista?

Después de un (demasiado largo) siglo de reformismo, algunas constataciones se imponen:

1º No son los partidos “socialistas” y laboristas los que han cambiado -“humanizado”- gradualmente el capitalismo, sino este último el que, poco a poco, ha cambiado y deshumanizado los partidos reformistas. El compromiso inicial de esos partidos (aunque sólo fuera verbal) a favor del socialismo ha dejado lugar al simple electoralismo, a la incesante (pero jamás satisfecha) búsqueda de reformas, para acabar abandonándolas y adoptando una gestión gubernamental harto difícil de distinguir de la de sus “adversarios” abiertamente partidarios del capitalismo.

2° Evidentemente, ninguno de los problemas (pobreza, desigualdad, desempleo, precariedad, falta de viviendas, etc.), cuya solución era a principios del siglo XX “posible” y “realista”, y para los cuales siempre ha sido necesario hacer algo “ahora”, ha sido solucionado... probando de esta forma la incapacidad crónica de todos los gobiernos, tanto de izquierdas como de derechas, ya sean “socialistas”, laboristas, conservadores, demócratas, republicanos, etc. Después de tantos intentos, si existieran medidas susceptibles de acabar con esos problemas en el marco del capitalismo, ¿por qué ningún gobierno las ha realizado, asegurándose de ese modo la victoria en las elecciones siguientes?

3° La respuesta es que la única medida que podría acabar con esos problemas acabaría a la vez con la propiedad privada de los medios de producción y, por lo tanto, con la posición de subordinación de los asalariados a los intereses de la clase dominante. ¿Qué gobierno capitalista va a tomar tal decisión?

El hecho es que tratar de reformar el capitalismo en el interés “general”, eso es lo utópico, pues es ir en contra de la naturaleza de un sistema que sólo puede funcionar en el interés de los capitalistas. En el capitalismo, siempre ha habido - y siempre habrá - problemas que no pueden esperar soluciones a largo plazo. Pero negarse a considerar el socialismo como la única solución realista, global, inmediata y definitiva a esos problemas, es condenarse no sólo a perpetuarlos sino también a verlos empeorar.

 

Janus, enero de 2024

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