Documento de la V Asamblea - Nacionalismo y libre mercado



Hemos explicado en el apartado “Desde 1973 hasta nuestros días” cómo en los años 1970 el capital se enfrenta a la necesidad de recuperar unos beneficios en descenso. Evidentemente, el frente de batalla entre el capital y el trabajo es la línea de conflicto más importante, pues en ella es donde se dirime cuánta plusvalía total obtiene la clase capitalista para poder repartir. En esa pelea el capitalismo actúa a nivel global, y las políticas de disciplinamiento de la fuerza de trabajo se han extendido mundialmente en base a esa necesidad al ritmo que han hecho falta en cada contexto y con las formas necesaria según la oposición de los trabajadores. Pero, una vez la plusvalía en su poder, los capitalistas tienen que repartírsela. El procedimiento es automático en muy alta medida y es función de varios factores: la productividad, la proporción del capital adelantado y los tipos de capital1 que han intervenido. Pero no dejan de influir aspectos que comienzan a actuar cuando los capitales alcanzan cierto volumen. Aparecen así intereses de un nuevo orden: capitales que se agrupan para poder competir al nivel de otros; zonas de influencia donde conseguir mano de obra más barata que la propia; acuerdos para favorecer la salida de tu producción o para dejar entrar las manufacturas que el capital local ha producido en el exterior; y, por último, el recurso de última instancia a las intervenciones militares, etc. Obviamente, todas las contradicciones que hemos descrito en estos dos últimos párrafos no son procesos estancos, y se realimentan en infinidad de interacciones cruzadas: por ejemplo, la expansión de la producción a países de tu zona de influencia debilita la capacidad de reacción de tus trabajadores locales, que ahora enfrentan la posibilidad de la deslocalización de la empresa.

Pues bien, coincidiendo -no por casualidad- con la reducción de beneficios de los sesenta, comenzaba a sentirse ya la recuperación de la potencia productiva de los países capitalistas que más habían perdido en la última guerra mundial: los países europeos y Japón. Los capitales europeos comienzan a notar que el marco nacional se les queda corto para sus aspiraciones, y va madurando durante los setenta el proyecto de la Europa del capital que trataremos en una sección posterior. Los Estados Unidos pierden peso relativo dentro de la economía mundial, y el dólar no puede garantizar una paridad con el oro. Por esas fechas -una vez más, no por casualidad- se produce el acercamiento de Estados Unidos a China, y en la década siguiente tiene lugar el desmoronamiento de la Unión Soviética y la integración plena en el mercado mundial de los centenares de millones de personas que vivían en su área de influencia.

Se produce durante las siguientes décadas un proceso con fuerzas que actúan en varias direcciones. Por un lado asistimos a un capitalismo claramente multipolar, en el que Estados Unidos mantiene el tipo como puede, los países europeos siguen en la partida formando la Unión Europea, Japón pierde posiciones a finales del siglo XX, y Rusia y especialmente China aparecen como nuevos aspirantes a los puestos de cabeza. Durante tres décadas asistimos así a un capitalismo que se mueve según sus tendencias naturales: expandiendo el mercado en nuevas áreas geográficas, estableciendo nuevas redes de intercambios y de cadenas mundiales de valor, integrando a cientos de millones de personas en su doble faceta de productores de plusvalía y consumidores de mercancías. Durante esas tres décadas los efectos acrecentistas de lo que se dio en llamar globalización -para nosotros simplemente expansión acelerada- dejan en segundo plano -en ningún caso hacen desaparecer- las tensiones que pueden empujar hacia el choque entre bloques. Por supuesto, en ningún caso pretendemos presentar un escenario idílico, y las áreas de roce entre potencias y aquellas en las que no hay tamaño para resistir ni intención de negociar van cayendo a sangre y fuego. Más allá de la repulsión que nos puedan provocar algunos regímenes, es una época en la que la apropiación de zonas estratégicas masacra a las poblaciones en nombre de su supuesta liberación: Irak, Ucrania, Afganistán, Libia, Yugoslavia, etc.

Pero, como tarde o temprano ocurre en el capitalismo, la posibilidad de extracción de más valor topa con sus propios límites. La expansión acelerada fue durante treinta años un factor que contrarrestó la dificultad de obtención de beneficios, incluso en la primera fase de la depresión que se instaló tras la crisis internacional de 2008. China, con sus mil millones de habitantes, siguió tirando del carro del crecimiento global, pero su evolución no puede estar al margen de las reglas del capitalismo, y cada año ha ido perdiendo fuerza su capacidad de incrementar la creación de valor conforme se acerca a los estándares de los países capitalistas avanzados. Así que cuando la Larga Depresión fue ajustando las clavijas al posible beneficio, cuando ya no había tanta plusvalía que repartir y los sectores en crecimiento se tornaron escasos, las tensiones internas entre zonas capitalistas y tipos de capital han ido tomando la forma de planteamientos nacionalistas o proteccionistas.

La situación escaló un orden de magnitud cuando se hizo evidente el enfoque con el que la República Popular China pensaba afrontar el nuevo escenario. La era de integración en el mercado capitalista mundial según el enfoque de Deng Xiaoping había convertido a China en la fábrica del mundo, pero ese recurso mostraba su agotamiento tras 2008. El crecimiento del PIB, aunque muy superior al de las economías avanzadas, era menos abultado de año en año, y se hacía evidente que ello impediría más pronto que tarde la conciliación de los beneficios empresariales con las concesiones sociales. En occidente se apostaba a que los dirigentes chinos optarían por abandonarse por completo al mercado, “normalizando” de forma más o menos traumática la situación de su economía y de su política hacia un modelo de país subalterno a los capitales transnacionales.

Sin embargo, las líneas desplegadas bajo el liderazgo de Xi Jinping a partir de 2012 hicieron ver que a China no le bastaba con ser una economía capitalista subordinada, y que, muy al contrario de lo esperado, su respuesta consistía en disputar las posiciones de economías capitalistas de cabeza. Esto es algo que no ha estado exento de cierto enfoque escénico, al adoptar el país un papel de liderazgo en las relaciones internacionales con la creación de una tupida red de alianzas, acuerdos, mediaciones, proyectos y adquisiciones internacionales. Pero que, más allá de los gestos hacia el exterior, lo importante es que pretende asentar su base material en la canalización de todo su esfuerzo inversor hacia el desarrollo de tecnologías propias, precisamente en los campos que concentrarán el máximo valor añadido en las próximas décadas. Ya sin obstáculos ésta sería una empresa incierta, pues hasta ahora China ha basado su fuerza económica en el tamaño bruto de su población, explotada en trabajos poco cualificados, lo cual se refleja en el hecho de tener un PIB nacional que es el segundo del mundo a pesar de que el PIB por habitante es muy bajo en comparación con el de cualquier país occidental. Es decir, si las empresas chinas pudieran explotar a sus trabajadores en ramas de alta productividad, tal y como lo hacen las economías del G7, el PIB de China perdería de vista al resto de economías capitalistas.

Pero el enfoque adoptado en 2012 no pasó inadvertido para occidente, lo cual se tradujo en una agresiva guerra económica ya durante la presidencia de Donald Trump que fue confundida con una actitud personal. Ahora que Joe Biden ha multiplicado la agresividad en las provocaciones, sanciones y embargos a las empresas y al país asiático, podemos comprender que el nivel de confrontación no responde a posiciones individuales, sino al intento de salvaguarda por parte de los Estados Unidos de unos privilegios para sus capitales que están siendo cuestionados por otros capitales en ascenso.

Bajo el paraguas del nacionalismo y del proteccionismo se amparan variadas estrategias o meras reclamaciones -a veces ilusorias- que responden a los intereses de distintos tipos de capitales y burguesías. Además de chocar muchas veces entre sí, estos intereses chocan con los de otros tipos de capitales que siguen considerando el libre mercado como el mejor caldo de cultivo para su crecimiento. De hecho, un capital ni siquiera necesita tener una opción única que defender: por ejemplo, una gran multinacional norteamericana puede ser la defensora más acérrima del libre mercado en los Estados Unidos y sufragar una campaña contra Trump, y a la vez defender el régimen nacionalista de Hungría como punta de lanza de su producción dentro del perímetro de bajos salarios de la Unión Europea. También se multiplican las contradicciones conforme se intenta contrarrestar otras: vemos, por ejemplo, que el embargo de tecnología de microprocesadores de los Estados Unidos a China desde 2018 ha sido criticado por las propias empresas norteamericanas del sector, que ven reducidos sus beneficios y, con ellos, los medios para afrontar la siguiente ronda de innovación de la que depende su liderazgo.

Por eso los intereses nacionalistas o proteccionistas no responden en el nivel material -el que de verdad explica lo que se quiere conseguir- a las apariencias con las que se disfrazan en la superficie, y donde parece haber unas políticas nacionalistas o proteccionistas comunes a nivel mundial se esconden en realidad diversas variantes de intereses particulares distintos. Así, la postura del supuesto proteccionismo de Trump, que los progresistas de Europa confundían con una actitud paleta y populista, ha demostrado responder a una lógica de Estado en defensa de los intereses corporativos estadounidenses desde el momento que su sucesor Biden la ha mantenido y ampliado. Por su parte, en Europa, la salida del Reino Unido de Boris Johnson responde a los intereses particulares de un capital británico que cree más fácil la búsqueda de beneficios en su propio contexto de relaciones históricas (simbiosis con los EEUU y creación de un polo anglosajón a partir de la Commonwealth) que en el ámbito de una Europa en la que no compite al nivel de cabeza; por lo tanto vuelve a ser un tipo de nacionalismo no replicable porque ningún otro capital dispone de esas posibilidades. Ello explica que Vox, el Frente Nacional francés o la Liga Norte italiana, a pesar de su retórica deliberadamente equívoca, no aboguen en la práctica por abandonar la Unión Europea. Sin embargo, si que se pueden rastrear similitudes entre los intereses materiales de la burguesía que apoyaba a la Liga Norte en sus inicios, cuando era una fuerza regional, muy similares a los de la burguesía nacionalista catalana, con independencia de que la manifestación deba asumir formas distintas adaptadas a su contexto.

Y es que cambiamos de terreno cuando pasamos de los intereses materiales que fundamentan las relaciones sociales a la simple necesidad de buscar apoyos, haciendo creer a otros grupos sociales que tus intereses son los suyos. Sea cual sea el interés burgués que se está manifestando, hace falta un gran apoyo de la clase trabajadora -e incluso de otros perfiles burgueses a los que después se va a traicionar- para aspirar a llevarlo a la práctica. En esos momentos es cuando muchos de estos intereses adoptan un ropaje parecido, un ropaje que se diseñó hace unos años en la extrema derecha y que ha ido ganando posiciones en todo el arco conservador. La promesa implícita es la del gran pacto de los de dentro contra los de fuera -ya sea un “fuera” geográfico, cultural, religioso, etc.-, algo muy fácil de conseguir si se asocian demagógicamente nuestros problemas actuales con los treinta años de globalización pasados. Se mezcla la inmigración con el desempleo, la destrucción de los servicios públicos por falta de inversión con el abuso en su utilización, el déficit de la Seguridad Social por las reducciones de cotizaciones y la poca calidad del empleo con el abuso de las ayudas a inmigrantes, se acusa de la falta de inversión pública local fruto de los ajustes presupuestarios a la marcha de los impuestos hacia otras regiones donde no hay más que vagos, etc. Desde la izquierda socialdemócrata -enmarcada en el bando del libre mercado- carecen de una respuesta adecuada basada en hechos materiales, ya que comparten la necesidad de mantener las políticas liberales de ajuste. Entran así en el juego de confrontar a esta nueva derecha con mensajes vacíos de multiculturalidad, de valores europeos, etc., con lo que acaban reforzando el discurso demagógico contrario. Mientras tanto, los pequeños sectores más a la izquierda no hacen oídos sordos a los cantos de sirena “soberanistas” de la extrema derecha, afirmando que lo pragmático es conseguir la creación de empleos formando alianza con los capitales productivos locales. Nadie cuestiona el capitalismo y sus contradicciones, sino que todos le dan vueltas a sus manifestaciones más o menos coyunturales.

Pero incluso estas tácticas parten de un planteamiento netamente defensivo frente a los capitales exteriores, propio de un enfoque pequeño burgués del problema y de la manera de afrontarlo. Sin embargo, cuando los capitales amenazados traspasan cierto nivel preferirán la guerra abierta. Para ello será necesario fomentar el clima adecuado para justificar la destrucción del que en realidad es un rival convirtiéndolo en un “otro”. Habrá que mostrarlo como mentiroso, autoritario, genocida; habrá que mostrarlo como indigno de cualquier derecho; habrá que acorralarlo hasta obligarle a dar el paso que desencadene las hostilidades abiertas.

Es una equivocación comparar el momento actual con la época de la Guerra Fría. En aquel momento había dos modelos económicos y sociales que contraponían sus ideologías, pero al no responder el bloque soviético a la lógica del mercado, no había implícita una agresión entre bloques en cada simple transacción económica. La situación en la década del 2020 se asemeja más a la de principios del siglo XX, cuando múltiples potencias capitalistas pugnaban por el liderazgo dentro del capitalismo. Vemos así que el camino que lleva desde finales de los 1960 hasta la actualidad es el de la vuelta a la auténtica normalidad del capitalismo, la de la lucha abierta por destruir por la fuerza a los capitales opositores y controlar todo el mercado. No es muy tranquilizador saber que en aquel momento hicieron falta dos guerras mundiales para que solo quedara un gallo en el gallinero.

Ni los partidos social-liberales o liberales del libre mercado ni los partidos del “proteccionismo” en sus distintas variantes tienen en realidad nada que ofrecer a los trabajadores. Sigan la variante que sigan, la única intención del capital es extraer el máximo de plusvalía de la clase trabajadora. En ningún país que se apunte a la ola nacionalista o proteccionista los trabajadores van a obtener ninguna ventaja especial, si se crea más empleo es porque será peor y más barato. Son necesarios unos momentos como los actuales de ausencia absoluta de organización de clase para que los trabajadores sólo vean la salida del pacto con la burguesía local para ser explotados al gusto de esta. Quedarse en la dicotomía entre mercado protegido o libre mercado no solo es una disyuntiva falsa -pues en el capitalismo no puede existir el mercado protegido-, sino que remite en ambas variantes a la constante del mercado, en el que el trabajador siempre tiene reservado el papel de mercancía creadora de un valor que le es expropiado.

Más allá de los ropajes con los que se vista momentáneamente el gran capitalista para arrimar el ascua a su sardina, o más allá del autoengaño con el que se quiera tranquilizar el pequeño burgués que vé peligrar su capital poco competitivo, el capitalismo solo puede ser en última instancia expansionista. La ley del valor es la fuerza imparable que vela por ello. El capital tiene que crecer en extensión geográfica, en la mercantilización y proletarización de nuevos sectores y en la concentración con la que incrementa su productividad. La clase trabajadora tuvo en su comienzo la conciencia de ser internacional, algo que no por casualidad coincidió con su momento de mejor comprensión de la realidad del capitalismo. La reacción del capital fue la de incorporar a los reformistas a los parlamentos nacionales, convenciéndoles de que eran más los intereses que les unían con ellos que con los trabajadores del otro lado de la frontera. Desde entonces hemos vivido dos guerras mundiales, infinidad de guerras imperialistas, decenas de crisis y dos largas depresiones, la primera de las cuales solo se resolvió con la guerra más destructiva de la historia. Cualquier alivio temporal que hemos obtenido los trabajadores ha sido cuestionado de inmediato y arrebatado en cuanto la presión del desempleo o del golpe de estado nos ha obligado a capitular. Es necesario que comprendamos que necesitamos organizarnos al menos al mismo nivel en que lo está el capital al que nos enfrentamos, lo que en nuestro caso se concreta en la Unión Europea.


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