La señora Clinton y su techo de cemento: sobre la incongruencia del discurso liberal y feminista posmoderno
Desde los años 80, la clase dominante de los países del capitalismo avanzado han puesto mucho empeño en convencernos de que las clases sociales no existen y lo único que hay es una suma de individuos que se diferencian entre sí por su edad, sexo, etnia u orientación sexual. Tal ha sido el empeño, que incluso en los espacios de la izquierda -o la pretendida izquierda- esta ideología liberal ha calado hasta los huesos, y no menos en los movimientos que en su origen se formaron para luchar contra la opresión de las mujeres, las minorías raciales, los homosexuales y transexuales. Este absoluto olvido de lo social, y de los mecanismos que posibilitan la reproducción de las relaciones capitalistas, es lo que genera ese discurso construido sobre falsos argumentos con apariencia de verdad (o sofismas), de que hace gala el feminismo liberal-posmoderno, de marcado carácter burgués, que tiene sus altavoces en los grandes medios de comunicación. Un buen ejemplo es el tratamiento que estos han dado a las recientes elecciones presidenciales norteamericanas y la subsiguiente victoria de Trump frente a Clinton (no por voto popular sino por número de delegados en el Colegio Electoral, que es el órgano que elige al presidente y vicepresidente)1.
El mensaje difundido es que llamar misógino/a o sexista a cualquiera que se oponga a dar su voto a un candidato mujer es un argumento de peso, por mucho que los motivos de la negativa nada tengan que ver con el sexo ...